Viernes 10 de Septiembre de 2010
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A mi hijo le hablan mal de mi

En las peleas de los adultos, los hijos se convierten en la excusa ideal para cobrarse venganza. Un padre enfrenta a sus chicos con el otro, hace que le teman o que lo odien, les impide el contacto. Estas actitudes equivocadas dañan los lazos familiares y dejan marcas indelebles en los chicos. Estamos en presencia del Síndrome de Alineación Parental.


Cómo apartar a los chicos del centro del fuego cruzado que se disparan los adultos, es una pregunta cuya respuesta difícilmente puedan darla los padres. Sumergidos en sus fracasos y rencores olvidan el daño que les ocasionan a quienes aseguran amar más que a nadie en el mundo.

Sin tener plena conciencia del daño que causan, y cegados por una rabia visceral que nubla el entendimiento, convierten a los hijos en depositarios y testigos de los naufragios que llevaron a perder el rumbo a la pareja, y se olvidan de que, aun con sus diferencias, siguen en el mismo barco, pues ante todo son padres y no enemigos.

En ocasiones, los mayores utilizan a sus hijos como mensajeros de las cosas que ellos no se atreven a decirse de frente. Otras veces, los entrenan para odiar o temer al papá o a la mamá, o a la nueva pareja que vive con ellos. En cualquier caso, pasan a ser las víctimas inocentes de una pelea en la que combaten dos seres queridos; una carga más pesada que cualquier mochila de colegio.

El dolor de ya no ser

Toda separación trae consigo un cambio profundo en las relaciones que de ahí en más sufrirán los miembros de la familia y en el orden de jerarquías de los adultos hacia sus hijos. Este momento de crisis “puede subvertir las percepciones de los hijos frente a la autoridad devaluada del padre que ya no vive en casa, como si fuese ´menos padre´ que aquel que se queda”, afirmó Luisa Rosenfeld, especializada en terapia familiar.

En este plano, los valores de seguridad y confianza que brinda al menor un esquema estable, en el que papá y mamá cuidan a sus hijos y no sus hijos a ellos, suele alterarse cuando el matrimonio se disuelve. “Frente a esto – prosiguió Rosenfeld-, es muy tentador para el hijo ocupar el lugar que ha quedado vacante con la partida de sus padres”. Lo difícil, asegura, es volver atrás esa forma de vinculación, una vez que se reacomodaron los vínculos: “De ahí al hijo fuera de control (de sus padres) hay un paso”.

Esta aproximación a lo que puede ser una ruptura conyugal habitual, puede verse agravada si, además, uno de los padres utiliza a los hijos en contra del otro. En ese caso, la terapeuta enumera situaciones del estilo:

a) El padre conviviente tiene intención de alejar al no conviviente de la crianza.

b) Impide el contacto, habla a sus hijos del padre como aquel del cual quiere vengarse y les cuenta cosas terribles (ciertas o no) para hacerlo aparecer como un ser despreciable.

c) Pretende lograr así que los hijos le teman al padre que no convive con ellos.

d) Intenta convertirlos en aliados, ser un equipo que lo desprecia y ataca.

Las razones de estas actitudes pueden ser varias. La combinación dañina de la persona herida y vengativa - que castiga a su ex por haber roto el matrimonio alejándolo de sus hijos – es consecuencia de factores socioculturales muy arraigados, y está ligada otras veces a causas de orden patológico.

Según Rosenfeld, influye en este cóctel “el mandato (religioso o no) de mantener el vínculo para toda la vida, que impide aceptar la ruptura, y lleva a que su ex quede obligado a demandar judicialmente a la otra parte, con lo cual logra prolongar el vínculo”. También existen en ciertos casos “características psicopatológicas de personalidad, que ligan la ruptura a fuertes sentimientos de humillación, de los que se defienden vindicativamente”. Un tercer ejemplo está asociado a las cuestiones de género, que atribuye a las mujeres la crianza y a los hombres el conseguir dinero, por el cual “si él se ha ido con la plata, ella se quedará con los hijos y le impedirá verlos”.

Para la especialista, la persona que reacciona de alguno de estos modos, “está realmente muy confundida”, y carece de condiciones para cuidar a su hijo, “porque no lo ve como tal, sino como un instrumento para propiciar un castigo”. Por eso destaca la necesidad del terapeuta de trabajar sobre el restablecimiento de los vínculos, para favorecer el acceso a los hijos del padre no conviviente.

Los hijos sufren mucho desde su lugar de árbitros, al ver que las dos personas que ama no dejan de pelearse. Estos menores son chicos a los que tamaño dolor les termina causando problemas de aprendizaje y de relación con sus compañeritos. Y que cuando sean grandes, y puedan darse cuenta de la utilización de la que fueron objeto, van a sentir un fuerte resentimiento hacia el progenitor que los alejó del afecto paterno o materno.

Adriana Miani, especializada también en temas de familia, aseguró que, entre los adultos, el afectado por la falta de cariño de sus hijos suele ser el progenitor no conviviente, “porque está menos tiempo con los chicos y ejerce menos influencia sobre ellos”.

Miani sugirió algunas recetas legales para acercar una solución a esta crisis familiar, aunque hizo hincapié en la necesidad de la asistencia psicológica, de vital importancia para el restablecimiento del vinculo entre los adultos y de ellos para con el menor.

¿Qué puede hacer el padre/madre cuando su hijo se aleja de él influido por la otra parte?
El progenitor afectado por el rechazo de su hijo debido a las influencias dañinas que recibió, puede denunciar el hecho dentro del mismo expediente de divorcio o de régimen de visitas que esté en curso. “Debe plantear el problema que lo aqueja a él, pero sobre todo el perjuicio que esta situación genera al menor”, sostuvo Miani.

La letrada vaticinó que, “acto seguido a la denuncia se fijará a los adultos una audiencia, para favorecer el diálogo entre las partes en conflicto”. Por su parte, un cuerpo interdisciplinario de psicólogos y asistentes sociales evaluará a los padres y al menor, y entregará el diagnóstico al juez, con facultad para dar la última palabra sobre el tema.

Miani consideró posible el pedido de cambio de tenencia para los casos extremos y comprobables, en los que peligre la integridad psicofísica del menor de continuar en manos de uno de los padres.

También encontró viable la posibilidad de pedir al juez, por medio de una medida cautelar, que disponga el cese del perjuicio que le ocasiona al menor el constante acoso que ejercen sobre éste tanto su padre/madre como terceros.




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